"Las hermanas
de mamá venían a vernos cada vez con menos frecuencia hasta que dejaron de
aparecer por casa. Sara y yo protestábamos por la ausencia, para nosotros
inexplicable, de nuestras tías, pero la queja caía en saco roto. Mi padre se
centró en su nueva empresa. Iba con una camioneta de pueblo en pueblo
recogiendo ropa usada que la gente le daba a cambio de unas monedas. No
podíamos caer más bajo pensaba con un nudo en el estómago. La vergüenza me
provocaba nauseas cuando algún compañero del colegio me preguntaba por el
trabajo de mi padre.
Los días y
las semanas se me hacían largos y difícil de soportar. No veía el momento de
que acabara el curso para poder ir al instituto que, afortunadamente, estaba a
más de treinta kilómetros de casa. La perspectiva de que no me conociera nadie
me relajaba y hacía más llevadera mi penosa existencia".

No hay comentarios:
Publicar un comentario