"Nunca
regresó del hospital. Después de aquel terrible día en el que vimos como una
ambulancia se tragaba a mamá pasaron días y luego semanas en las que nos
llegaban noticias de que nuestra madre se estaba poniendo buena. Mi hermano y yo insistíamos en que queríamos ir a verla,
pero había mil y un argumentos para impedirnos ir al hospital. Mi padre hablaba
poco y un “los niños no van a los hospitales” era suficiente para que no
volviéramos a rechistar. Sin embargo, cuando venía la tía Loli la mareábamos
hasta la extenuación para convencerla de que nos llevara con ella a ver a mamá.
Y un nefasto día llegó papá con los ojos rojos en una mirada perdida y un gesto
sombrío, hasta entonces desconocido para mi hermana y para mí.
Cada día, al
regreso del cole, comíamos todos juntos. Era como un ritual. Se dejaba
absolutamente todo y nos sentábamos a la mesa tras el beso de llegada a casa y
el “lavaos las manos que estamos comiendo en diez minutos”. Eran otros tiempos.
Mamá era la que gobernaba la casa, papá se dejaba hacer. Con mi hermana y
conmigo era serio y autoritario, pero con mamá se transformaba en un ser dócil
y servicial. Quedarnos solos con mi padre fue un duro golpe por partida doble.
Perdíamos al ángel y nos quedábamos a cargo del tirano. Cuando tía Loli nos
abrazó llorando y nos dijo que mamá había dejado de sufrir, no necesité
escuchar más. Salí corriendo y no aparecí hasta que se me agotaron las
lágrimas".

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