“Que por
mayo era por mayo cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los
campos en flor” Si, si, qué más quisiera yo, ni calor, ni trigo, ni flores…
maldito pueblo el nuestro. Cuando leí este poema en el colegio me puse de mal
humor. Tanta alegría y tanto optimismo rezumaban esos versos que me daba hasta
coraje. Mayo ya corrido y aún seguíamos con el chaquetón raído y la gorra
tapándonos las orejas. Apenas llevábamos unas semanas con el deshielo. En casa
el frío que más daño hacía no era el del termómetro sino el que imponía mi
padre con su indiferencia. Pasaba horas encerrado en la cocina, a la que
convirtió en su despacho y espacio personal. Mi hermana y yo pasábamos las
horas muertas en el salón solos. Veíamos la televisión hasta las tantas y nos
marchábamos a la cama medio adormilados todos los días.
Cuando Sara
se ponía nostálgica no había quien la aguantara. Normalmente era la alegría de
la huerta, pero de repente, especialmente los sábados, amanecía con los ojos
tristes y con el gesto torcido mutando entre llorosa y rabiosa. La pérdida de
mamá le había afectado profundamente, pero en su empeño por no dejar aflorar la
pena y la angustia, estaba creando un ser paralelo en su interior que pugnaba
por salir y, a veces, se asomaba en forma de enfado lloroso de niña mimada que
no sabe lo que quiere. Mi padre no soportaba estos cambios de humor y maldecía
la adolescencia que, según él, estaba cambiando el carácter de mi hermana".

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