"Me tomé en
serio mi papel de jefe de la casa. A Sara no pareció gustarle -menuda novedad-,
no obstante, a regañadientes o no, terminaba haciendo lo que le correspondía.
Todo había que negociarlo, pero finalmente conseguía que se responsabilizara al
menos de sí misma. En el fondo, mi hermana se sentía segura con mi presencia.
Alguien tenía que hacer de adulto en la familia. Me armé de valor para decirle
a mi padre que él también tenía que aportar su parte. Torció el gesto
contrariado. Pensé que se iba a arrepentir de haberme dado autoridad, sin
embargo, asumió que todos teníamos que colaborar. Tanto tirar de ellos me
desgastaba. ¿Quién me mandaría asumir tanta responsabilidad?
En realidad, no
solo no me apetecía nada, sino que, a veces, sentía tanta presión en el pecho
que me llegaba a perder la consciencia. Uno de esos días caí de bruces al
suelo. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, pero al despertar, la desazón y
la nostalgia se apoderaron de mi, más que vulnerable, ánimo. Deseé con todas
mis fuerzas volver a ser el niño despreocupado cuya máxima ilusión era que
llegara el viernes para ir al cine. Recorrer de nuevo aquél camino -allá a las afueras del pueblo-, atravesar
senderos, cruzar el bosque, mojarme bajo la lluvia, echar carreras con mi hermana,
pelearnos por el bocadillo, reir..."
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