"Liberada Sara de la presión de los desarraigados y
recobrada la paz en casa, parecíamos vivir un periodo de relativa calma. Mi
padre volvió a delegar en mí, pero yo no tenía claro que fuera buena idea
retomar mis deberes y obligaciones. Había descubierto que ser invisible era
bastante rentable y práctico. Las últimas aventuras me habían fortalecido el
carácter y decidí hablarle claro a mi padre. Eres tú, le dije, y no tu hijo ni
una señora que traigas de fuera, quien tiene que asumir el peso de esta casa.
No bastaba con trabajar y traer dinero a casa y así se lo hice saber. Apenas me
contestó, se levantó y se marchó. Como de costumbre no apareció por casa hasta
bien pasada la media noche. Y como siempre, Sara y yo ya habíamos cenado,
recogido, estudiado y estábamos acostados. Yo aún leía en la cama. Le escuché
llegar. Decidí ir a la carga y dejar claro que Sara necesitaba un padre -obvié
mis necesidades personales, las cuales estaban condenadas a pasar siempre a un
segundo plano. Antes de llegar a la cocina, en el silencio de la noche, le oí
llorar".

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