"Ni el periódico, ni las prácticas de tenis, a las que
me había apuntado tras las vacaciones en la sierra con Juancho y mi hermana, ni
los éxitos académicos, ni las, cada vez más frecuentes, conversaciones con mi
padre, ni las risas recuperadas de mi hermana me devolvían las ganas de luchar
y la dicha que había experimentado en los escasos momentos de mi vida que fui
feliz.
Llegué a lamentar haber renunciado a la gira por los
países del este del grupo de teatro de Roddy, a pesar de que siempre supe que
había algo turbio en esa propuesta. Lamenté profundamente haber perdido el
contacto con Isaac. Envuelto en una nube de acontecimientos y en mis nuevos
proyectos descuidé la correspondencia con mi amigo el judío, al que imaginaba,
en mi desesperación, feliz y dichoso en su Nueva York natal. Y cuando la apatía
estaba haciendo estragos en mi carácter apareció mi tía, la hermana de mi
padre. Aquella que alegró en otro tiempo mis tardes de los jueves en el
instituto y que desapareció poco antes de mi aventura veraniega con el grupo de
teatro, eso que ella tildó de banda de titiriteros. Apareció una soleada mañana
de abril, con esa elegancia y señorío que siempre me obnubiló. Al igual que
entonces, ante su presencia quedé paralizado y tuvo que ser ella la que
iniciara la conversación".
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