"La pandilla gótica de Sara no estaba dispuesta a dejarla
escapar fácilmente. Reclamaban su atención, la perseguían, la incluían en sus
planes y campañas antiglobalización, antisistema y todos sus antis, la
aleccionaban e increpaban. Ella se dejaba hacer, pero la fuerza y la seguridad
que le dio el aire de la sierra y la proximidad y personalidad de mi amigo
Juancho le concedían un aura diferente que parecía presagiar que sus días
góticos estaban contados. La experiencia me había enseñado que con ella era
mejor no presionar, así que esperé pacientemente a que se alejara de ellos por
su propia voluntad. El acoso de los fantasmas vestidos de negro empezó a
preocuparme.
Entonces fue cuando intervino Juancho. Con ese tacto y
consistencia que despliegan los que tienen las tres M -músculos, mundo y
“money”- se acercó al cabecilla de la macabra banda y le dijo muy cerquita de
la cara unas pocas palabras; apenas un par de minutos de discurso persuasivo
fueron suficientes, y ningún gótico volvió a acercarse a mi hermana. Si hubiera
sido yo el que hubiera hecho aquella maniobra mi hermana me habría insultado y
odiado de por vida, pero, habiendo sido Juancho, le dio al acontecimiento
categoría de hazaña y mi Sara se rindió a sus pies".

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