"Cuando conoció a mi madre dijo reconocer en ella a un
ángel y pensó que el cielo le estaba recompensando por tanto sufrimiento. Los
primeros años de su matrimonio fueron duros, pero la dulzura y espíritu de
sacrificio de mamá consolaban y alegraban sus largas y fatigosas jornadas de
trabajo. Mamá decidió aportar sus conocimientos y colaboración trabajando de
modista y cosiendo para la gente acaudalada del pueblo. Pronto necesitó de la
colaboración de mi padre y de alguna vecina para dar salida a sus encargos. Mi
hermana y yo aparecimos casi de seguido, incrementando la alegría de mis
padres, pero también sus agobios y sus cargas. Recuerdo con nostalgia aquellos
primeros años de nuestra vida cuando mi hermana y yo disfrutábamos, como un verdadero
lujo dentro de aquella vida de austeridad y escasez, nuestras tardes de los
viernes yendo al cine y comiendo pipas de calabaza que nos regalaba la vecina
en época de matanza (como llamaban a la fiesta que celebraban matando a un
cerdo y sacando de él alimento para todo el año). Después mamá cayó enferma. Lo
que venía después ya no me apetecía rememorarlo. Papá vio el dolor en mi cara y
calló".

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