"El temido
día de la despedida llegó inexorablemente. Naturalmente no podíamos acabar
aquel episodio veraniego sin la consabida fiesta de clausura. Nos pilló el final de la campaña en Villafranca, sus launas
fueron el marco ideal. Corrió el alcohol. La música sonó hasta la
llegada del amanecer. Hubo abrazos y palabras de amistad eterna. Intercambiamos
teléfonos y direcciones de correo electrónico. No faltó ningún tópico, incluido
el de “esto hay que repetirlo”. Algunos de nosotros nos íbamos a reencontrar
tan solo unas semanas después en el instituto, pero otros se habían incorporado
a la plantilla desde distintos puntos de la geografía y no iba a ser fácil
mantener el contacto.
Carla, era de aquellos a los que tendría como compañera
el curso siguiente, sin embargo, vino al rincón donde me encontraba, huyendo
del ruido y lamiéndome mis heridas, para decirme que era nuestro último día. No
supe cómo reaccionar. Solo un ¿¡qué!? ahogado e incrédulo salió de mi garganta.
Se marchaba al País Vasco, donde su hermana estudiaba medicina. Se había
aburrido de su vida en el instituto y había decidido estudiar Bellas Artes en
Bilbao y continuar con su formación en danza e interpretación. Ahora sí tenía
motivos para agobiarme de verdad. Que sería de mí sin, al menos, la presencia
jovial e inquietante de mi histriónica amiga".
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