"Sonó la
llave de la puerta y, ante mi asombro, quien entró no fue mi padre sino una
señora, entre rubia de bote y pelirroja descolorida, con el pelo recogido a
modo de moño descontrolado que nada más verme dijo: “vaya el hijo pródigo ha
vuelto”. Hubiera deseado que me tragara la tierra. Así que esas eran realmente
las novedades de las que me hablaba mi hermana. Sara se levantó y se marchó a
la cocina sin saludarla. La que parecía ser la madrastra del peor de los
cuentos la dijo en un tono agudo que se metía hasta en la pituitaria, que la
comida debía estar lista en diez minutos. O sea que mi hermana, que no sabía
trocear un tomate ni sabía distinguir el aceite del vinagre, cocinaba para esa
señora; entonces fui yo el que se dio de bruces con la realidad. Sentí ganas de
vomitar. Salí corriendo al baño sin que me perdiera de vista aquella señora
como si estuviera usurpando su casa. ¿Estaría esta mujer en la vida de mi padre
antes de enrolarme en la gira teatral? Empecé a entender muchas cosas. Los
espacios en blanco de mi cerebro se llenaron de golpe. Esas noches de trabajo
que hacían que mi padre volviera de madrugada tantas veces, esos cambios de
humor sin aparente justificación, esas ausencias de casi tres días sin
explicación…"

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