Pero mi ausencia de la red era más pretendida que casual.
En Navidad me pongo especialmente nostálgica y la sensibilidad me sale por los
poros de la piel. Tenía tanto miedo que las palabras de Juan, sin pretenderlo,
me hirieran que prefería sufrir su ausencia que saber de su existencia. No pude
resistirme y entré en mi face. Buscaba un Feliz Navidad y todos esos tópicos de
esas fechas. No había ningún mensaje. ¡Dios! Él tampoco había entrado desde
hacía más de una semana. Se habría enredado en temas familiares, quise
justificarlo. Opté por ser yo la que usara el saludo navideño implorando para
mis adentros que hubiera alguna respuesta. Salud, Paz, Amor y buenas razones
para continuar la lucha diaria, esto último lo añadí con el fin de aportar a mi
saludo un toque personal que lo alejara del saludo de la mayoría. ¡Hola,
amiga!, respondió sacándome la más amplia de las sonrisas.
Poco después de las vacaciones navideñas, la abuela
enfermó. Abuelita, abuelita, decía mi hermano en un susurro cuando se acercaba
a su cama. Vamos Luis, deja descansar a la abuela, le pedía mi madre con
ternura. Mi hermano sentía que se le iba uno de los pilares de su subsistencia
emocional y no quería separarse de ella. Vale, me callo, suplicaba, pero déjame
quedarme aquí otro poquito más. Pero no callaba. Pasó los últimos días de la
vida de la abuela leyéndola las historias que escribí en otros tiempos, algunas
de las de aquellos suplementes dominicales publicadas tiempo atrás y otras
guardadas y olvidadas en un cajón de mi viejo buró. Léela a la abuela tus
cuentos Luis, le decía en tono cómplice para que mamá no se enterara de que no
dejábamos dormir a la abuela. Tus historias llegan más al alma, me contestó mi
hermano con los ojos vidriosos. La abuela permaneció en semi-coma al menos dos
semanas. Ni mi hermano ni yo quisimos dejarla sola un solo instante y mi madre
a pesar de sus aparentes enfados por no dejar a la abuela tranquila, sonreía
con tristeza y cerraba la puerta con sigilo dejándonos allí dentro hablando, en
un susurro ininterrumpido, con la abuela. Murió como vivió, con suavidad con
elegancia, sin dolor, todo en ella era dulzura y fuerza a la vez. A pesar de
que éramos conscientes de que la abuela se hacía mayor, no estábamos preparados
para perderla, no aún.

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