María era una chica muy deportista y eso era un punto a
su favor porque a Luis lo que más le atraía del mundo era practicar deporte y
escribir. No le hacía ascos a nada, igual jugaba una pachanguita futbolera con los amigos que tenía un maratón de pádel
durante tres días seguidos. No obstante, seguía siendo el aire fresco y
dinamizador de mi casa. Ismael le consentía todo, ni siquiera se ponía serio
cuando venía cabizbajo con sus aprobados justitos o áreas salvadas con
trabajos. Yo no era tan condescendiente, no soportaba que desperdiciara sus
capacidades porque vivía al día. Esta filosofía de vida le hizo perder a María
antes de lo que yo me imaginaba. María era encantadora y divertida pero a la
vez muy responsable y comprometida con sus estudios y su vocación con el baile
clásico. Ella, igual que mi hermano, tenía una habilidad natural para cualquier
deporte y en el instituto ganaba medallas en atletismo casi todos los años,
como ya hiciera en sus tiempos de Primaria, pero su verdadera vocación era la
danza y a ella le dedicaba al menos dos horas diarias, lo cual combinado con
los estudios dejaba poco margen para la relación con mi hermano. Luis no
soportaba que se encerrara a estudiar y que pusiera tanta pasión en un tema
solo. Mi hermano era un picaflor, como le llamaba mamá. Quería probar todo lo
que se le ponía por delante, de pequeño fue el futbol, después en el colegio
aprendió a jugar al baloncesto con su profe
favorito de educación física y, estando en el instituto, cuando se puso de moda
el pádel y el bádminton, practicó ambos como si no hubiera un mañana.

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