MIS HISTORIAS

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DESDE MI VENTANA/ DICIEMBRE

EN SENTIDO INVERSO DEL FINAL AL PRINCIPIO, TODA LA HISTORIA

sábado, 6 de febrero de 2016

"DESDE MI VENTANA" XL VIII

Esa conversación con mi hermano se hizo esperar porque Ismael enfermó y el ambiente en casa era tenso. Mamá estaba terriblemente preocupada. Yo no veía por qué, no me parecía tan grave. Fiebres y vómitos frecuentes era el día a día de Ismael que adelgazaba a ojos vista. A poco que cogieras un virus de temporada la fiebre y el estómago revuelto te acompañaban sin remedio. Hasta ahí todo más o menos bien, el problema era que no daban con la causa e Ismael perdía color y masa muscular al unísono. Mi falta de preocupación disgustaba a mamá pero no era desinterés era que confiaba, con toda sinceridad.Estaba convencida de que  no iba a ser más que un episodio desafortunado de desaparecería antes de que nos diéramos cuenta. No fue así. Tuvieron que ingresarle porque se deshidrataba sin remedio y mientras no dieran con el origen y el tratamiento adecuado necesitaba una vía con suero y medicación para combatir las fiebres. Fueron tres meses de locura pero de igual modo que vino, como por arte de magia, desapareció. ¡Qué consuelo! Al final llegó a preocuparme. 

Estando ya Ismael en casa pedí audiencia a mi atareado hermano. Aún rondaba los catorce pero su adolescencia, al menos la problemática y rebelde, había comenzado prematuramente y afortunadamente también desapareció antes de lo habitual. Todo en mi hermano era rápido e indoloro. Yo aún le llamaba mi ángel. Tenemos que hablar seriamente, comencé a decir. Se quedó parado mirándome, estaba acostumbrado a las conversaciones serias desde pequeño. Supo desde muy pequeño que los Reyes Magos llegaban a las casas de los niños cuyos padres ganaban más dinero que nosotros. Comprendió desde muy temprana edad que no tener padre era un hándicap, particularmente en el patio de recreo del colegio, donde sufrió los insultos y burlas de algunos niños. Convivía con una persona atada a una silla y a una casa. Y escribía cuentos infantiles mientras sus iguales solo pensaban en el botellón y similares. Los “similares” eran los que más nos preocupaban a mi madre y a mí pero mi hermano nos tranquilizaba diciendo que su pasión era el deporte y esto le alejaba de los peligros que acechaban a los chavales de su edad. Me disponía a hablar pues  con un chico con la cabeza muy bien amueblada, eso sí, algo díscolo en cuanto a asuntos escolares se refería, pero que, por encima de todo, adoraba a su madre y a su hermana y que respetaba y valoraba al que hacía las veces de padre, el único que él había conocido hasta el momento. Su cara era un auténtico poema. Nada que ver con lo que yo imaginaba. Tenía un padre que vivía y que preguntaba por él. No sé cómo no me di cuenta de que tanta madurez también implicaba un espíritu crítico que no se conformaría con cualquier explicación.

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