Esa conversación con mi hermano se hizo esperar porque Ismael
enfermó y el ambiente en casa era tenso. Mamá estaba terriblemente preocupada.
Yo no veía por qué, no me parecía tan grave. Fiebres y vómitos frecuentes era
el día a día de Ismael que adelgazaba a ojos vista. A poco que cogieras un
virus de temporada la fiebre y el estómago revuelto te acompañaban sin remedio.
Hasta ahí todo más o menos bien, el problema era que no daban con la causa e
Ismael perdía color y masa muscular al unísono. Mi falta de preocupación
disgustaba a mamá pero no era desinterés era que confiaba, con toda sinceridad.Estaba
convencida de que no iba a ser más que
un episodio desafortunado de desaparecería antes de que nos diéramos cuenta. No
fue así. Tuvieron que ingresarle porque se deshidrataba sin remedio y mientras
no dieran con el origen y el tratamiento adecuado necesitaba una vía con suero
y medicación para combatir las fiebres. Fueron tres meses de locura pero de
igual modo que vino, como por arte de magia, desapareció. ¡Qué consuelo! Al
final llegó a preocuparme.
Estando
ya Ismael en casa pedí audiencia a mi atareado hermano. Aún rondaba los catorce
pero su adolescencia, al menos la problemática y rebelde, había comenzado
prematuramente y afortunadamente también desapareció antes de lo habitual. Todo
en mi hermano era rápido e indoloro. Yo aún le llamaba mi ángel. Tenemos que
hablar seriamente, comencé a decir. Se quedó parado mirándome, estaba
acostumbrado a las conversaciones serias desde pequeño. Supo desde muy pequeño
que los Reyes Magos llegaban a las casas de los niños cuyos padres ganaban más
dinero que nosotros. Comprendió desde muy temprana edad que no tener padre era
un hándicap, particularmente en el patio de recreo del colegio, donde sufrió
los insultos y burlas de algunos niños. Convivía con una persona atada a una
silla y a una casa. Y escribía cuentos infantiles mientras sus iguales solo
pensaban en el botellón y similares. Los “similares” eran los que más nos
preocupaban a mi madre y a mí pero mi hermano nos tranquilizaba diciendo que su
pasión era el deporte y esto le alejaba de los peligros que acechaban a los
chavales de su edad. Me disponía a hablar pues
con un chico con la cabeza muy bien amueblada, eso sí, algo díscolo en
cuanto a asuntos escolares se refería, pero que, por encima de todo, adoraba a
su madre y a su hermana y que respetaba y valoraba al que hacía las veces de
padre, el único que él había conocido hasta el momento. Su cara era un
auténtico poema. Nada que ver con lo que yo imaginaba. Tenía un padre que vivía
y que preguntaba por él. No sé cómo no me di cuenta de que tanta madurez
también implicaba un espíritu crítico que no se conformaría con cualquier
explicación.

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