Juan comenzó a escribirme cartas que me llegaban por correo
ordinario. Se me ocurrió decirle un día que con tanta modernidad habíamos
perdido algunos encantos de recursos que en otro tiempo eran imprescindibles.
Le comenté que echaba en falta abrir el buzón y encontrarme las postales de mi
amiga enviadas desde cualquier rincón del mundo. La primera carta fue una
sorpresa increíble. Me resultó tan peculiar que me daba miedo abrirla. Era una
carta bellísima. Hablaba de sus inquietudes, de su infancia, de sus vivencias
antes y después de nuestro primer contacto en la red. Pero no solo era una
relación de eventos o anécdotas. Era un auténtico relato contado a modo de
cuentacuentos. Buscando la armonía, el vocabulario, el tono… levantando
expectación a veces y manteniendo una especie de belleza literaria más cercana al
género lírico que al narrativo. ¿Cómo era posible que escribiera tan bonito y
no lo hubiese apreciado en nuestra relación “escrita” de hacía ya más de un
año? A esa primera carta le siguió otra la semana siguiente y otra más una
semana después. Después de la tercera me hice verdaderamente adicta a sus
historias. Sin embargo se detuvo el correo y me quedé ensimismada esperando
entre incrédula y delirante. Descubrí que todo ese tiempo de correo ordinario
no había entrado en la red y abrí el ordenador con los dedos temblorosos
esperando una respuesta a su silencio. Allí estaba él, esperándome. ¿Dónde
andas?, me dijo. No llegó tu carta de esta semana, reproché. Ah, ¿pero las has
recibido?, dijo sin aspereza. ¡Maldita sea!, ni le había contestado a las cartas
ni había entrado en mi página para mencionar lo mucho que me gustaban sus
misivas. ¿Cómo narices iba él a saber
el efecto que me estaban causando sus cartas? ¡Dios!, como lo siento, comencé
diciendo, estaba tan ensimismada con tus escritos que no reparé en transmitirte
mi entusiasmo, me disculpé. Podrías seguir con tus relatos, supliqué. Me alegro
que te haya gustado, respondió lacónico. Pero, ¿me seguirás escribiendo?,
insistí. Preferiría conversar contigo. Ya lo hacemos, dije haciéndome la
despistada y comprendiendo al instante lo que intentaba decirme. Me llama mi
madre, he de irme. Hasta otro momento, corté. Ella… fue lo último que leí antes
de cerrar mi ordenador.MIS HISTORIAS
Mis historias
DESDE MI VENTANA/ DICIEMBRE
EN SENTIDO INVERSO DEL FINAL AL PRINCIPIO, TODA LA HISTORIA
martes, 16 de febrero de 2016
"DESDE MI VENTANA" LIV
Juan comenzó a escribirme cartas que me llegaban por correo
ordinario. Se me ocurrió decirle un día que con tanta modernidad habíamos
perdido algunos encantos de recursos que en otro tiempo eran imprescindibles.
Le comenté que echaba en falta abrir el buzón y encontrarme las postales de mi
amiga enviadas desde cualquier rincón del mundo. La primera carta fue una
sorpresa increíble. Me resultó tan peculiar que me daba miedo abrirla. Era una
carta bellísima. Hablaba de sus inquietudes, de su infancia, de sus vivencias
antes y después de nuestro primer contacto en la red. Pero no solo era una
relación de eventos o anécdotas. Era un auténtico relato contado a modo de
cuentacuentos. Buscando la armonía, el vocabulario, el tono… levantando
expectación a veces y manteniendo una especie de belleza literaria más cercana al
género lírico que al narrativo. ¿Cómo era posible que escribiera tan bonito y
no lo hubiese apreciado en nuestra relación “escrita” de hacía ya más de un
año? A esa primera carta le siguió otra la semana siguiente y otra más una
semana después. Después de la tercera me hice verdaderamente adicta a sus
historias. Sin embargo se detuvo el correo y me quedé ensimismada esperando
entre incrédula y delirante. Descubrí que todo ese tiempo de correo ordinario
no había entrado en la red y abrí el ordenador con los dedos temblorosos
esperando una respuesta a su silencio. Allí estaba él, esperándome. ¿Dónde
andas?, me dijo. No llegó tu carta de esta semana, reproché. Ah, ¿pero las has
recibido?, dijo sin aspereza. ¡Maldita sea!, ni le había contestado a las cartas
ni había entrado en mi página para mencionar lo mucho que me gustaban sus
misivas. ¿Cómo narices iba él a saber
el efecto que me estaban causando sus cartas? ¡Dios!, como lo siento, comencé
diciendo, estaba tan ensimismada con tus escritos que no reparé en transmitirte
mi entusiasmo, me disculpé. Podrías seguir con tus relatos, supliqué. Me alegro
que te haya gustado, respondió lacónico. Pero, ¿me seguirás escribiendo?,
insistí. Preferiría conversar contigo. Ya lo hacemos, dije haciéndome la
despistada y comprendiendo al instante lo que intentaba decirme. Me llama mi
madre, he de irme. Hasta otro momento, corté. Ella… fue lo último que leí antes
de cerrar mi ordenador.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario