Los inviernos son fríos y largos en estas tierras
castellanas pero aquel invierno estaba resultando especialmente riguroso. Luis
estaba terminando la dichosa ESO. No terminaba de encontrar su vocación y
salvaba los cursos a duras penas. No sacaba buena nota ni siquiera en lengua y
literatura. Se le daba escribir cuentos como a nadie pero estudiar autores,
obras y estilos literarios era harina de otro costal. Quise justificarlo con su
relación con María, pero ciertamente era condición natural de mi hermano
zascandilear de acá para allá y no poner su atención nada más que en lo que
despertaba su curiosidad.Tan hábil en lo que se ponía, sacaba adelante cualquier
tema al que le dedicaba más de diez minutos. El talento para el deporte y para
escribir eran obvios pero estaba segura de que desarrollaría cualquier
actividad con igual destreza. Qué desperdicio, le decía yo entre molesta y
orgullosa de tener un hermano tan listo. Vamos hermanita, ¿quién necesita
aprender lo que no interesa?, decía entre bromas. Nada que sonara a compromiso
atraía su atención. De hecho, no se exigía así mismo nada que no fuera salvar
los acontecimientos según se le ponían de frente. Sería esa la herencia de una
infancia llena de altibajos emocionales y de una madre y una hermana que no
hablaban nunca del pasado ni del futuro pues el primero ahogaba las ilusiones y
el segundo no parecía traer consuelo.
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