A pesar de haberse echado una novieta, como decía Ismael, mi hermano seguía siendo un chiquillo,
al menos para mí. Afortunadamente, cuando se serenó un poco su pasión por
María, volvimos a recuperar nuestras acostumbradas charletas, nuestras bromas y
nuestros momentos de intimidad fraternal, tan tiernos como añorados. Uno de
esos días vino algo más serio de la cuenta. ¿Qué pasa my Little brother?, como le decía yo cariñosamente cuando estábamos
solos. No pasa nada hermana, me dijo, aunque seguía sin sonreir. ¿Qué sucede,
pues?, quise saber. Quería hablar de mi padre. Llevaba tiempo pensando que
tenía que cerrar ese capítulo de su vida. Tuvimos el encuentro en la cafetería
del pueblo donde mi padre dio sus razones mientras Luis y yo –desde mi cuarto,
parapetada tras el ordenador- le observamos en silencio durante más de dos
horas. No hubo réplica ni reproches. De
hecho, no hubo nada. Le dejamos hablar y cuando calló, mi hermano desapareció,
llevándose consigo el ordenador y mis esperanzas de recuperar a mi padre, con
un triste hasta luego. Después, no
encontramos momentos para hablar entre nosotros sobre aquel encuentro.
Papá estaba enamorado de mi madre. ¿Qué pasó entonces?
Sin duda nada que de consuelo a dos niños abandonados por su padre en su más
tierna infancia. Como yo lo recordaba, no había sido nada que surgiera de la
noche a la mañana. Sufrió una crisis personal, poco a poco se fue hundiendo una
depresión de la que no supo el origen, como dicen todos los implicados en un
proceso depresivo. No sabía ni cómo ni por qué sentía que la vida se le
convertía en una carga inmensa. La vida en pareja, el trabajo, los hijos, los
problemas derivados de mantener un hogar… todo se fue transformando en una losa
inmensa que, situada en su espalda, le encorvaba el cuerpo y el alma. Sintió,
nos confesó, ganas de morir y tenía miedo de sí mismo y de su incapacidad de
superar el día a día. Tuvo que marcharse, dijo al fin. Temía hacernos más daño
quedándose en casa que marchándose. Me resultó tan dramático que no encontré
palabras. Yo observaba a Luis y su cara era una mezcla entre incredulidad y
horror. No supe que pensaba.
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