Llegó el momento de retomar el asunto de papá con Luis.
Tras la muerte de la abuela, mi hermano se encerró un poco más en sí mismo y se
volvió algo más inasequible. Papá no dejaba de insistir, quería recuperar su
relación con sus hijos. Ahora se sentía fuerte y necesitaba resolver asuntos
pendientes. ¡Vaya!, en eso nos habíamos convertido, en asuntos pendientes. Su premura y su insistencia me molestó
sobremanera. Tantos años sin noticias, consintiendo que nuestra infancia se
desarrollara sin el afecto y la compañía de un padre, por no mencionar las carencias económicas a
las que nos vimos sometidos durante los primeros años, y ahora demandaba su
derecho a recuperar su tiempo perdido. Yo no estaba dispuesta a presionar a mi
hermano y no lo hice. Luis necesitaba su tiempo y no sería yo quien lo
agobiara. Finalmente fue él que me demandó más información sobre ese supuesto
padre que una vez tuvo y del que no recordaba absolutamente nada. Un sábado,
víspera de carnaval, mientras mi madre hacía su turno de mañana en la
biblioteca, llamó a la puerta de mi cuarto. No sé si quiero saber… comenzó
diciendo sin mucha convicción. Siéntate mi cielo, le dije suave y tierna como
quien se dirige a un bebé que duerme serenamente. Era bueno y sencillo, empecé
a contarle, reía y hacía reir con facilidad. Hacía feliz a mamá y daba a
nuestro hogar el calor que da la persona que trae el sueldo, la confianza, el
cariño y la seguridad. ¿Qué pasó, entonces? Buena pregunta, confesé. Buena
pregunta, hermano, repetí con los ojos fijos en el peluche que me regaló mi
padre cuando cumplí los seis años. No lo sé, continué. ¿Quieres que nos lo
cuente? le inquirí, sin subir el tono. Sé que es difícil entenderlo, pero yo
necesito saber… Tiene que haber una explicación, tiene que haberla…
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