Hablar con Pablo sobre la pérdida de la abuelita fue un
consuelo. Como poeta y amigo era todo sensibilidad y empatía. Cuánto le
agradecí sus largas charlas a través del ordenador. Ya se había marchado a
Tokio. Seguía escribiendo poesía pero entre el doctorado y su trabajo de
investigador, apenas tenía tiempo para deleitarse en su silencio, que era el
alimento natural de su meditación y por lo tanto de las emociones que luego
convertía en versos. Necesitaba trabajar para mantenerse pues la vida en Japón
era cara y las ayudas estatales no daban para mucho. Tenía tanta confianza en
mi criterio que me pedía asesoramiento y me enviaba sus poemas para que los
revisara y le diera mi opinión. La amistad de Pablo equivalía a ese complemento
que sientes que te hace más completa e interesante la vida. Pablo, al igual que
Alicia y que Juan insistía en que debía dejar mi prisión. Rompe tus cadenas
sicológicas y las barreras físicas desaparecerán como por encanto, decía en
tono conciliador pues sabía que no me gustaba hablar de ese tema.
Juan quiso saber los motivos de mi tono amargo en las
últimas conversaciones. Qué podía decirle si ni yo lo sabía. O sí. Desde hacía
años luchaba por no convertirme en una persona gris y amargada y muy a mi pesar
esa era la imagen que le llegaba a él. Como decirle que el hecho de no estar a
la altura de sus expectativas me entristecía más que perderme los paseos que
tanto anhelaba desde mi ventana, que las crisis emocionales de mi hermano, que
los cambios de humor de mi madre y que la misma pérdida de mi abuela a la que adoraba.
Como decirle que llevaba meses soñando con el roce de su piel, con el calor de
sus palabras en mis mejillas… que llevaba una eternidad –antes de conocerle
incluso- teniendo una relación sentimental con él, que no existía más allá de
mis ensueños y fantasías.
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