"Mi hermano maduró antes de la media de su generación.
Mientras que los chavales de su edad intercambiaban cromos y pegaban chicles en
los bajos de las sillas del cole, mi
hermano, sin perder ni gota de su
espontaneidad infantil, compartía conversaciones conmigo y con mi madre sobre
la necesidad de ahorrar que había en casa para poder salir adelante. Si bien es
cierto, intentábamos, en la medida de lo posible, evitarle los temas más
escabrosos. Queríamos que viviera su infancia pero que no fuera un niño ñoño y
sobreprotegido que desconociera los esfuerzos que hacían su madre y su hermana
para que a él no le faltara lo imprescindible. Afortunadamente aquello no duró
demasiado. Mamá, tan luchadora y resuelta como siempre, superó su pena por la
pérdida de papá y reunió fuerzas para trabajar hasta el desgaste físico y
moral. La cosa mejoró considerablemente desde que Ismael asumió el rol de
hombre de la casa. Cierto es que me chirriaba su presencia en nuestras vidas en
un principio, pero no podía negarle a mamá la posibilidad de rehacerse y
sobre todo de mejorar su calidad de vida. Pudo dejar su segundo trabajo, el de
cuidar a personas enfermas y se quedó en la biblioteca, que era el trabajo que
la hacía feliz".
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