Mantuve contacto con Pablo Barrios. La traducción de su
libro de poesías fue un reto y una satisfacción a partes iguales. Descubrí el
alma de Pablo a través de sus versos y cuanto más ahondaba en su poesía más me
gustaba su yo más profundo, ese yo que ocultaba bajo su elegante apariencia y
su elocuencia de persona bien formada y mundana. Entendí por qué no quería ser
él el traductor de su obra. Era tan bella tal cual que traducirla era como
cubrirla con un ropaje estentóreo y absurdo. Casi me pareció pecado trasladarla
a otra lengua. Barrios me llamó dos meses después de la publicación de sus
libros traducidos al inglés y al francés. Estaba exultante. Hizo la
presentación del libro en Nueva York en una pequeña y coqueta sala que llenó
con sus amistades y conocidos. Hizo uso de todos sus contactos y preparo un
evento precioso que para mi deleite grabó en video conferencia. Ni que decir
tiene que Pablo me invitó e insistió en que le acompañara. Ni el encanto de
Pablo Barrios ni su labia ni su acaramelada voz zalamera consiguieron sacarme
de mi jaula. Nadie puede luchar contra el encierro cuando el carcelero eres tú
mismo.
Juan reclamaba mi
atención. Estaba tan ensimismada con el asunto de mi padre y la reacción de mi
hermano que descuidé mi página de internet. Apenas escribía y casi todo el
tiempo lo pasaba sumida en mis reflexiones y ayudando a mamá a preparar la casa
para recibir la Navidad. Se respiraban aires extraños, por un lado la alegría
de tener a Ismael de nuevo en casa. Con la enfermedad bajo control, sentíamos
que era imprescindible vivir el momento y saborear lo que teníamos. Nuestra
familia estaba restructurada y gozaba de una calma y una felicidad suave pero
contundente. Ismael, con sus energías renovadas y su dura experiencia superada,
se había vuelto más locuaz y bromeaba con todo. Pidió, exigió, a mamá una
navidad llena de tópicos, con su cordero asado, sus adornos de espumillones por
toda la casa, árbol de Navidad, Nacimiento con su Niño y todo. Todo, todo, todo
repetía con la sonrisa de un niño caprichoso. Mamá estaba encantada pero no le
faltó trabajo, desde comprar mil y un adornos a rescatar las viejas recetas de
la abuela. Por otro lado, mi hermano, se esforzaba por dar gusto a mamá pero se
encerraba en su cuarto con mucha más frecuencia de lo que me hubiera gustado.
Yo buscaba momentos íntimos para retomar la conversación sobre papá pero él me
esquivaba y suplicaba que le dejáramos tranquilo pues estaba en vena y
necesitaba escribir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario