"Mantuve el contacto con Juan a través de la red. Su tono
de nuevo sonaba cálido y sincero. Ya no mencionaba a Adela y yo se lo agradecí
en silencio. Sus sencillos y breves pero continuos mensajes acariciaban mis
sentidos. Yo le respondía en el mismo tono, familiar y cercano. Parecíamos
viejos amigos compartiendo recuerdos. Evitando siempre enfrentarnos a temas
comprometidos manteníamos cierta distancia con la realidad. No me mencionó en ningún
momento el lamentable suceso de su visita frustrada y yo lo prefería así, no
obstante, me sonrojaba de vergüenza cada vez que leía entre líneas su deseo de
verme en persona. Y llegó un, ¿no te lo
había dicho? Hace tiempo que no sé nada de Adela. Deseaba ignorar su
mensaje pero qué clase de amiga no le dice un, ¿y eso? Me explicó que se fueron distanciando sus citas y
terminaron comunicándose prácticamente por internet hasta que también fue
desapareciendo la comunicación poco a poco. Todo iba bien, no divertíamos, pero
no había magia, dijo, y quedó en silencio esperando mi respuesta. ¿Crees en la
magia?, le dije, consciente de que me estaba saliendo del halo protector de las
conversaciones mundanas y controladas que evitaban el compromiso y se alejaban de
posibles riesgos.
Llegó una carta a mi nombre sin remitente. Sonreí como una colegiala. La abrí nerviosa como una chiquilla. Qué original, pensé, en la era de las redes y de la mensajería por telefonía, una carta al más puro estilo tradicional me parecía algo muy romántico. Era una carta de papá.¡Vaya!, no pude evitar pensar. Dentro del sobre había una fotografía de mi padre. ¡Estaba tan cambiado! Había envejecido. Papá, susurré mientras rozaba con mis dedos su imagen. Vivía solo, me contaba, con un perro que recogió en la calle y que salía en la foto con cara de bueno. Quería vernos a mi hermano y a mí. Era el momento de hablar con Luis con la claridad y la cordura que exige la verdad con mayúsculas. Por increíble que parezca, nunca le habíamos explicado a mi hermano lo que pasó y consentimos que se hiciera mayor pensando que él no tenía padre. Menos mal a la aparición de Ismael que tan resueltamente cubrió ese vacío en la vida de Luis a la vez que devolvió la juventud y las ganas de vivir a mi madre".
Llegó una carta a mi nombre sin remitente. Sonreí como una colegiala. La abrí nerviosa como una chiquilla. Qué original, pensé, en la era de las redes y de la mensajería por telefonía, una carta al más puro estilo tradicional me parecía algo muy romántico. Era una carta de papá.¡Vaya!, no pude evitar pensar. Dentro del sobre había una fotografía de mi padre. ¡Estaba tan cambiado! Había envejecido. Papá, susurré mientras rozaba con mis dedos su imagen. Vivía solo, me contaba, con un perro que recogió en la calle y que salía en la foto con cara de bueno. Quería vernos a mi hermano y a mí. Era el momento de hablar con Luis con la claridad y la cordura que exige la verdad con mayúsculas. Por increíble que parezca, nunca le habíamos explicado a mi hermano lo que pasó y consentimos que se hiciera mayor pensando que él no tenía padre. Menos mal a la aparición de Ismael que tan resueltamente cubrió ese vacío en la vida de Luis a la vez que devolvió la juventud y las ganas de vivir a mi madre".

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