Luis fue remontando. Por fin volvía a aparecer su adorada
sonrisa. Ya hablaremos largo y tendido sobre lo de papá, me dijo tras llamar a
mi puerta y dejándome con la palabra en la boca. Comenzó a salir con
frecuencia. Cada vez paraba menos en casa. Ya no me cuentas nada, me quejé. Ay,
hermanita, hermanita, dijo mientras me hacía reír haciéndome cosquillas. Bien
sabía él como desarmarme. Cuando jugueteaba conmigo de ese modo y se echaba a
reir con la espontaneidad de un niño no podía reclamarle nada. Creo que tienes
novedades que contarme, dije en un último intento por mantener una
conversación, pero mi hermano ya no escuchaba. Había salido por la puerta
poniéndose la chaqueta al tiempo que daba un portazo. Chao, hermanita, nos
vemos a la cena, le oí decir al otro lado de la puerta.
Como no podía ser de otro modo, dos semanas después
apareció con una chica. Mamá se quedó pasmada. Se repuso al momento y se
deshizo en sonrisas y cumplidos hacia la joven que no se despegaba de Luis. Era
una monada, pelirroja, esbelta, con cara de lista y sonrisa fácil. Cierto es
que estaba algo cohibida pero era natural. Pronto descubriríamos que la tímida,
de pelo color sol a media tarde, era más espabilada y dicharachera de lo que
nos pareció el primer día que vino a casa. A Luis se le veía enormemente feliz.
Que miedo me daba tanta felicidad. No quería ser agorera pero en mi interior, y
por experiencia propia, asociaba emociones intensas con desilusiones
desproporcionadas. O sea, tras la felicidad más dulce y loca venía la
frustración y el dolor. No fue así, al menos durante un tiempo. Mi hermano gozó
de una bonita relación que tenía sus altos y sus bajos pero que, a todas luces,
le compensaba pues la cara de bobo se le activaba cada vez que mencionábamos a
María, que así es como se llamaba la joven. De un modo u otro mi hermano se
distanciaba de mí. Cuando apareció Ismael, se agarró a la pareja de mamá como
cachorro que encuentra cobijo. Cuando papá entró en nuestras vidas, se encerró
física y moralmente en su habitación y en su dolor, por este orden. Y con la
aparición de María en su vida, yo no parecía hacerle falta para nada. Visto lo
visto, volveré a mis papeles, a mis libros y a mi ventana que son los únicos
que representan una constante en mi vida, dije entre mí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario