MIS HISTORIAS

Mis historias

DESDE MI VENTANA/ DICIEMBRE

EN SENTIDO INVERSO DEL FINAL AL PRINCIPIO, TODA LA HISTORIA

domingo, 21 de febrero de 2016

"DESDE MI VENTANA" LVIII

Apenas tres años tenía Luis cuando nuestra familia se rompió en pedazos pero había ya muchas cosas superadas ya y resultaba molesto y doloroso y hasta inoportuno recordar todo aquello. Mamá había encontrado la felicidad con Ismael. Luis se crió feliz entre dos mujeres que bebían los vientos por él. Ahora vivía intensamente con su preciosa novia. Corrían buenos tiempos. Era el momento de abordar y zanjar el tema de papá. Crees que… comenzó a decir mi hermano, uno de esos días que desayunábamos solos en la cocina, testigo de tantas risas y lágrimas. Dime, Luis, dije sin levantar la vista de mi taza de café. ¿Crees de veras que fue buena idea marcharse de casa? , terminó diciendo. Quería decirle que no, que la opción de abandonar a tu familia no es una opción. Quería decirle que un padre no puede rendirse jamás. Pero lo cierto es que era incapaz, con el sufrimiento diluido por los años y las decepciones vencidas o tal vez adormecidas, creía, y así se lo dije a mi hermano, que papá, dadas las circunstancias, hizo lo mejor para todos. Una crisis así no se resuelve si sigues en el epicentro del problema que lo origina y por doloroso que resulte, el problema de papá era su familia. 


Se marchó de casa un día que el desconsuelo le ahogaba tanto que sentía la presión en la garganta imposibilitando la entrada de aire. El día que se marchó dejó una nota en la cómoda de la alcoba de matrimonio. Dijo haberla escrito con tanta angustia que el estómago se la devolvía en forma de arcadas. Pobre papá. Pasar aquel duelo en soledad fue especialmente duro, nos contaba. Tras tocar fondo, solo y viviendo en condiciones penosas se fue liberando de sus presiones. Superada la peor fase quiso contactar con mamá pero mi madre había sufrido tanto con la partida de papá que no pudo perdonárselo. Por último, papá nos pedía que, si seguir viéndonos no era posible, al menos, lo perdonáramos; lo necesitaba para continuar con su vida. Yo lo perdoné desde el fondo de mi corazón. Sentí el impulso irrefrenable de abrazarlo pero me quedé atada a mi silla, tras la pantalla del ordenador, sin decir una sola palabra de consuelo. Mi hermano zanjó la reunión levantándose, cerró el ordenador y perdí de vista aquellos ojos, tan adorados en otra época. ¡Papá!, dije apenas en un resuello.

No hay comentarios:

Publicar un comentario