Apenas tres años tenía Luis cuando nuestra familia se
rompió en pedazos pero había ya muchas cosas superadas ya y resultaba molesto y
doloroso y hasta inoportuno recordar todo aquello. Mamá había encontrado la
felicidad con Ismael. Luis se crió feliz entre dos mujeres que bebían los
vientos por él. Ahora vivía intensamente con su preciosa novia. Corrían buenos
tiempos. Era el momento de abordar y zanjar el tema de papá. Crees que… comenzó
a decir mi hermano, uno de esos días que desayunábamos solos en la cocina, testigo
de tantas risas y lágrimas. Dime, Luis, dije sin levantar la vista de mi taza
de café. ¿Crees de veras que fue buena idea marcharse de casa? , terminó
diciendo. Quería decirle que no, que la opción de abandonar a tu familia no es
una opción. Quería decirle que un padre no puede rendirse jamás. Pero lo cierto
es que era incapaz, con el sufrimiento diluido por los años y las decepciones
vencidas o tal vez adormecidas, creía, y así se lo dije a mi hermano, que papá,
dadas las circunstancias, hizo lo mejor para todos. Una crisis así no se
resuelve si sigues en el epicentro del problema que lo origina y por doloroso
que resulte, el problema de papá era su familia.
Se marchó de casa un día que el desconsuelo le ahogaba
tanto que sentía la presión en la garganta imposibilitando la entrada de aire.
El día que se marchó dejó una nota en la cómoda de la alcoba de matrimonio.
Dijo haberla escrito con tanta angustia que el estómago se la devolvía en forma
de arcadas. Pobre papá. Pasar aquel duelo en soledad fue especialmente duro,
nos contaba. Tras tocar fondo, solo y viviendo en condiciones penosas se fue
liberando de sus presiones. Superada la peor fase quiso contactar con mamá pero
mi madre había sufrido tanto con la partida de papá que no pudo perdonárselo.
Por último, papá nos pedía que, si seguir viéndonos no era posible, al menos,
lo perdonáramos; lo necesitaba para continuar con su vida. Yo lo perdoné desde
el fondo de mi corazón. Sentí el impulso irrefrenable de abrazarlo pero me
quedé atada a mi silla, tras la pantalla del ordenador, sin decir una sola
palabra de consuelo. Mi hermano zanjó la reunión levantándose, cerró el ordenador
y perdí de vista aquellos ojos, tan adorados en otra época. ¡Papá!, dije apenas
en un resuello.

No hay comentarios:
Publicar un comentario